infotermilogopeque
3 de mayo de 2023 Por J.M. Vinuesa 0

Quo vadis, Formula 1?



Recuperar la esencia de la Fórmula 1 cada vez se antoja más difícil

Así, en latín, para empezar de un modo arcaico, empezamos esta reflexión de hacia dónde se dirige la máxima categoría del automovilismo mundial. La Fórmula 1 está perdiendo el norte de su esencia y recuperarla cada vez se antoja más difícil.

Esta amarga reflexión –anticipamos- se produce después del Gran Premio de Azerbaiyan, una cita que tradicionalmente ha dado buenas carreras, llenas de acción y de incertidumbre. Quitemos, y se acepta, 2016. Añadamos, y se acepta, que en este trazado los coches de seguridad o incluso banderas rojas son una constante. Se acepta. Pero la carrera del pasado domingo fue un sopor antológico, en una pista que ha dado bonitas carreras.

Pero, ¿por qué? En gran medida, por la imperiosa necesidad de conservar. Conservar neumáticos para no hacer más paradas que las reglamentariamente exigidas –ya saben, es obligatorio usar dos tipos de compuesto por carrera-, para no consumir más elementos de la unidad de potencia de los necesarios –ya saben, se permiten limitadas unidades por temporada-, para no arriesgar más de lo estrictamente necesario. De hecho, a final de carrera es cuando llegaron los mensajes de radio advirtiendo que el consumo de neumáticos era el esperado y se podía apretar un poco más.

Red Bull en el GP de Azerbaiyan 2023 de Fórmula 1

La F1 quiere limitar los entrenamientos libres

Pero hubo un tiempo, y perdonen la nostalgia, en que la Fórmula 1 era exuberante, exagerada, cautivante. Teníamos coches ligeros, motores de lo más variado –aunque no se lo crean, hubo un tiempo en que convivían motores V12, V10 y V8 en pista– y carreras en las que exprimir el coche era la premisa fundamental. Si algo se rompía era un problema, pero no acarreaba más preocupaciones que las de la carrera en cuestión: no había sanciones por romper un motor, etcétera. Sencillamente se cambiaba. Y se seguía compitiendo.

Tampoco había limitaciones al rodaje. La actual Fórmula 1 pretende limitar incluso los entrenamientos libres, si bien no explica con qué finalidad. Se supone, intuimos, que con la de hacer más imprevisibles las carreras, al no haber podido rodar en pista el tiempo necesario para reglar el coche en condiciones al trazado concreto. Olvidan los mandamases que con los simuladores de alta fidelidad que usan los equipos hoy en día eso es una nimiedad. ¿El perjudicado? El aficionado de a pie, que ve limitada la acción en pista tras haber pagado una cara entrada para ver rodar lo más posible a los coches y pilotos que le apasionan.

No hablemos ya de la belleza de los entrenamientos privados que se celebraban en multitud de circuitos alrededor de Europa. Estos test acercaban a los aficionados a la F1, a aquellos que no tenían un Gran Premio cerca, o no podían permitirse el coste del mismo. Pero la F1 estaba allí, cerca suyo, pudiendo vivirla aunque fuera con un solo coche y un solo piloto, como vivió el que autor de estas líneas con Darren Manning y BAR en el Circuito de Cheste en julio de 2001. Bastaba eso para sentir la emoción de la máxima categoría.

Ferrari durante el transcurso del GP de Azerbaiyán 2023 de Fórmula 1

La Fórmula 1 simboliza velocidad absoluta y el cenit de la tecnología

Ahora no tenemos nada de eso. Las carreras se parecen más a las de resistencia de hace un par o tres décadas –o más-, cuando los pilotos tenían que vigilar los consumos, la durabilidad y demás parámetros para poder llegar a meta en carreras de 6, 12 o 24 horas. Pero eso no casaba con la Fórmula 1, que simbolizaba la velocidad absoluta y el cenit de la tecnología. Los pilotos han de gestionar, cuidar, vigilar. Marcar un tiempo objetivo. No usar determinado mapa motor en determinada fase de carrera bajo el riesgo de producir un consumo excesivo de los componentes.

Pero tenemos las carreras y clasificaciones Sprint, claro, que ni siquiera cuentan para la estadística histórica. Ni es una pole, ni es una victoria en F1. Es como si se ganase el Trofeo Indoor de F1 que se disputaba en Bolonia: muy emocionante, pero inútil. Salvo porque provoca que la gente esté ante la pantalla, en las redes y emocionada ante la terrible perversión del concepto de un Gran Premio.

¿Cómo permitimos esto? ¿En qué momento la F1 pasó de ser automovilismo «champagne» a un McDonald’s? Todo empezó a cambiar tras los trágicos acontecimientos de Imola en 1994, poniendo el foco en la seguridad. Todos, obviamente, aceptamos la premisa. Nadie quería vivir otra vez algo igual, y en ese sentido el trabajo de Max Mosley fue tan efectivo como loable. La F1 es una categoría lo más segura posible –nunca lo será del todo-, lo que limita los riesgos de los pilotos. Pero desde entonces, también se emprendieron otras medidas que segaron de forma paulatina el espíritu de este deporte.

Checo Pérez ganó la primera carrera Sprint de la temporada 2023 de Fórmula 1

La primera, sin duda, fue la adopción de motores de cilindrada igual para todos: los V10 en 1996. Se acabó la variedad. Se acabó la sinfonía sonora en los circuitos. Pero eso era relativamente admisible: veníamos de un trauma que mantuvo en «shock» a todo el mundo mucho tiempo. Pero poco a poco se fue rascando, limando libertades, defenestrando la belleza de la máxima categoría del automovilismo. Y todos asentíamos cómplices. Y ahora nos encontramos con este despojo.

Sí, despojo. El despojo de una categoría con un límite presupuestario que, aunque algunos lo incumplen, no tiene consecuencias. Pero que a la vez cercena la capacidad de desarrollo de los equipos. Hubo un tiempo en el que los equipos implementaban novedades cada carrera, en una locura de desarrollo admirable. Ahora deben ceñirse a un presupuesto tope. Ahora, los coches se parecen al contrario en alto grado –siempre habrá ligeras diferencias-, pero hubo un tiempo en el que cada coche era una personalidad por sí misma, exitosa o errónea, pero maravillosa de ver.

Y hubo un tiempo en el que correr en la Fórmula 1 no se limitaba a pagar. Se limitaba a tener la capacidad de crear un monoplaza que cumpliese con la normativa. Y sí, se pude argumentar que aquellos equipos menores fueron una banalización de la categoría, algo que el propio Bernie Ecclestone erradicó. Hablamos de los Life, los Andrea Moda, los Coloni, los AGS… Hablamos de una Fórmula 1 vibrante y colorida, exitosa y fracasada, llena de emocionantes oportunidades. Y también de circuitos excitantes, retadores, no la sucesión de anodinos urbanos muy lucrativos pero que nada aportan a la competición.

Los monoplazas de F1 equipan en la actualidad un motor V6 acompañado de un esquema híbrido

Todo eso ha muerto. Hoy se premia más la repercusión en medios sociales que la emoción en pista, el click fácil que la maniobra asombrosa. Sin el DRS, nadie adelantaría hoy en día. El riesgo y la belleza de un adelantamiento, hasta eso, se han perdido. Pero la masa acrítica aplaude, cegada por focos erróneos dirigidos voluntariamente por los organizadores y responsables del certamen. No, hace tiempo que la Fórmula 1 no es la máxima categoría del automovilismo, pese a que mantenga por tradición ese reconocimiento. Tradición que ellos mismos han asesinado de manera consciente y voluntaria.

Y para acabar esta reflexión que muchos catalogarán de «pollaviejismo» –disculpen o no el término-, digamos que la categoría se ha ido corrompiendo voluntariamente hasta ser una pálida sombra de lo que fue. Sólo preocupa la red social, el «like», el contenido propio de «influencer» que de repercusión en lo social. Pero no hay sustancia. Ni se la espera. La Fórmula 1 vive de la herencia del pasado mientras se está denigrando a sí misma a la espera de una muerte anunciada.

Recuperar la esencia de la Fórmula 1 cada vez se antoja más difícilAsí, en latín, para empezar de un modo arcaico, empezamos esta reflexión de hacia dónde se dirige la máxima categoría del automovilismo mundial. La Fórmula 1 está perdiendo el norte de su esencia y recuperarla cada vez se antoja más difícil.Esta amarga reflexión –anticipamos- se produce después del Gran Premio de Azerbaiyan, una cita que tradicionalmente ha dado buenas carreras, llenas de acción y de incertidumbre. Quitemos, y se acepta, 2016. Añadamos, y se acepta, que en este trazado los coches de seguridad o incluso banderas rojas son una constante. Se acepta. Pero la carrera del pasado domingo fue un sopor antológico, en una pista que ha dado bonitas carreras.Pero, ¿por qué? En gran medida, por la imperiosa necesidad de conservar. Conservar neumáticos para no hacer más paradas que las reglamentariamente exigidas –ya saben, es obligatorio usar dos tipos de compuesto por carrera-, para no consumir más elementos de la unidad de potencia de los necesarios –ya saben, se permiten limitadas unidades por temporada-, para no arriesgar más de lo estrictamente necesario. De hecho, a final de carrera es cuando llegaron los mensajes de radio advirtiendo que el consumo de neumáticos era el esperado y se podía apretar un poco más.Red Bull en el GP de Azerbaiyan 2023 de Fórmula 1La F1 quiere limitar los entrenamientos libresPero hubo un tiempo, y perdonen la nostalgia, en que la Fórmula 1 era exuberante, exagerada, cautivante. Teníamos coches ligeros, motores de lo más variado –aunque no se lo crean, hubo un tiempo en que convivían motores V12, V10 y V8 en pista- y carreras en las que exprimir el coche era la premisa fundamental. Si algo se rompía era un problema, pero no acarreaba más preocupaciones que las de la carrera en cuestión: no había sanciones por romper un motor, etcétera. Sencillamente se cambiaba. Y se seguía compitiendo.Tampoco había limitaciones al rodaje. La actual Fórmula 1 pretende limitar incluso los entrenamientos libres, si bien no explica con qué finalidad. Se supone, intuimos, que con la de hacer más imprevisibles las carreras, al no haber podido rodar en pista el tiempo necesario para reglar el coche en condiciones al trazado concreto. Olvidan los mandamases que con los simuladores de alta fidelidad que usan los equipos hoy en día eso es una nimiedad. ¿El perjudicado? El aficionado de a pie, que ve limitada la acción en pista tras haber pagado una cara entrada para ver rodar lo más posible a los coches y pilotos que le apasionan.No hablemos ya de la belleza de los entrenamientos privados que se celebraban en multitud de circuitos alrededor de Europa. Estos test acercaban a los aficionados a la F1, a aquellos que no tenían un Gran Premio cerca, o no podían permitirse el coste del mismo. Pero la F1 estaba allí, cerca suyo, pudiendo vivirla aunque fuera con un solo coche y un solo piloto, como vivió el que autor de estas líneas con Darren Manning y BAR en el Circuito de Cheste en julio de 2001. Bastaba eso para sentir la emoción de la máxima categoría.Ferrari durante el transcurso del GP de Azerbaiyán 2023 de Fórmula 1La Fórmula 1 simboliza velocidad absoluta y el cenit de la tecnologíaAhora no tenemos nada de eso. Las carreras se parecen más a las de resistencia de hace un par o tres décadas –o más-, cuando los pilotos tenían que vigilar los consumos, la durabilidad y demás parámetros para poder llegar a meta en carreras de 6, 12 o 24 horas. Pero eso no casaba con la Fórmula 1, que simbolizaba la velocidad absoluta y el cenit de la tecnología. Los pilotos han de gestionar, cuidar, vigilar. Marcar un tiempo objetivo. No usar determinado mapa motor en determinada fase de carrera bajo el riesgo de producir un consumo excesivo de los componentes.Pero tenemos las carreras y clasificaciones Sprint, claro, que ni siquiera cuentan para la estadística histórica. Ni es una pole, ni es una victoria en F1. Es como si se ganase el Trofeo Indoor de F1 que se disputaba en Bolonia: muy emocionante, pero inútil. Salvo porque provoca que la gente esté ante la pantalla, en las redes y emocionada ante la terrible perversión del concepto de un Gran Premio.¿Cómo permitimos esto? ¿En qué momento la F1 pasó de ser automovilismo «champagne» a un McDonald’s? Todo empezó a cambiar tras los trágicos acontecimientos de Imola en 1994, poniendo el foco en la seguridad. Todos, obviamente, aceptamos la premisa. Nadie quería vivir otra vez algo igual, y en ese sentido el trabajo de Max Mosley fue tan efectivo como loable. La F1 es una categoría lo más segura posible –nunca lo será del todo-, lo que limita los riesgos de los pilotos. Pero desde entonces, también se emprendieron otras medidas que segaron de forma paulatina el espíritu de este deporte.Checo Pérez ganó la primera carrera Sprint de la temporada 2023 de Fórmula 1La primera, sin duda, fue la adopción de motores de cilindrada igual para todos: los V10 en 1996. Se acabó la variedad. Se acabó la sinfonía sonora en los circuitos. Pero eso era relativamente admisible: veníamos de un trauma que mantuvo en «shock» a todo el mundo mucho tiempo. Pero poco a poco se fue rascando, limando libertades, defenestrando la belleza de la máxima categoría del automovilismo. Y todos asentíamos cómplices. Y ahora nos encontramos con este despojo.Sí, despojo. El despojo de una categoría con un límite presupuestario que, aunque algunos lo incumplen, no tiene consecuencias. Pero que a la vez cercena la capacidad de desarrollo de los equipos. Hubo un tiempo en el que los equipos implementaban novedades cada carrera, en una locura de desarrollo admirable. Ahora deben ceñirse a un presupuesto tope. Ahora, los coches se parecen al contrario en alto grado –siempre habrá ligeras diferencias-, pero hubo un tiempo en el que cada coche era una personalidad por sí misma, exitosa o errónea, pero maravillosa de ver.Y hubo un tiempo en el que correr en la Fórmula 1 no se limitaba a pagar. Se limitaba a tener la capacidad de crear un monoplaza que cumpliese con la normativa. Y sí, se pude argumentar que aquellos equipos menores fueron una banalización de la categoría, algo que el propio Bernie Ecclestone erradicó. Hablamos de los Life, los Andrea Moda, los Coloni, los AGS… Hablamos de una Fórmula 1 vibrante y colorida, exitosa y fracasada, llena de emocionantes oportunidades. Y también de circuitos excitantes, retadores, no la sucesión de anodinos urbanos muy lucrativos pero que nada aportan a la competición.Los monoplazas de F1 equipan en la actualidad un motor V6 acompañado de un esquema híbridoTodo eso ha muerto. Hoy se premia más la repercusión en medios sociales que la emoción en pista, el click fácil que la maniobra asombrosa. Sin el DRS, nadie adelantaría hoy en día. El riesgo y la belleza de un adelantamiento, hasta eso, se han perdido. Pero la masa acrítica aplaude, cegada por focos erróneos dirigidos voluntariamente por los organizadores y responsables del certamen. No, hace tiempo que la Fórmula 1 no es la máxima categoría del automovilismo, pese a que mantenga por tradición ese reconocimiento. Tradición que ellos mismos han asesinado de manera consciente y voluntaria.Y para acabar esta reflexión que muchos catalogarán de «pollaviejismo» –disculpen o no el término-, digamos que la categoría se ha ido corrompiendo voluntariamente hasta ser una pálida sombra de lo que fue. Sólo preocupa la red social, el «like», el contenido propio de «influencer» que de repercusión en lo social. Pero no hay sustancia. Ni se la espera. La Fórmula 1 vive de la herencia del pasado mientras se está denigrando a sí misma a la espera de una muerte anunciada. (FUENTE ORIGINAL a un solo click en) —-> Leer más (publicado gracias a) —-> Motor.es